domingo, 4 de noviembre de 2012

Juan Bravo, el cazador de lobos de Las Hurdes. Una historia extraída de: Por la España desconocida: notas de una excursión a La Alberca, Las Jurdes, Batuecas y Peña de Francia. Rafalel Blanco Belmonte (1911)


Es sabido que el lobo prácticamente ha desaparecido de Extremadura y que hace tiempo que no se ven señales de las últimas poblaciones que se resistían a abandonar la Sierra de Gata. Aunque de vez en cuando vuelven a aparecer lobos que tras cruzar la raya de Portugal asoman a los riscos de esas sierras. Pero en esta tierra de fabulosa riqueza etnográfica y tradicional el lobo nunca desapareció del inconsciente colectivo sus habitantes. El folklore, la etnografía, la toponimia y la mitología son buena prueba de ello, regalándonos una inmensa abundancia de muestras con la presencia del lobo. La persona que hoy nos ocupa bien pudiera haber sido el protagonista de uno de tantos cuentos producto de la imaginación, pero no fue personaje de fábula, sino hombre de carne y hueso, que vivió y murió a caballo del siglo XIX y el XX en la alquería de Las Mestas, al pie de Las Batuecas, en una de las zonas más recónditas de la comarca: Juan Bravo, “el lobero de Las Hurdes”.  Hoy es ya, por derecho propio y gracias al relato de Blanco Belmonte, una figura legendaria.

Juan Bravo, el cazador de lobos, rodeado de niños jurdanos


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La comarca de Las Hurdes, encerrada en un áspero repliegue montañoso del Sistema Central que separa Cáceres y Salamanca cuajado de sierras afiladas con valles angostos, permaneció en un aislamiento geográfico que perpetuó el atraso secular, el abandono y la miseria socioeconómica, algo que por fortuna hoy ya ha quedado atrás. Baste pensar que, aunque poseían una intrincada red de sendas, pistas y caminos que comunicaban la miríada de pequeños núcleos habitados que la salpican, las primeras carreteras asfaltadas se tendieron a partir de la segunda mitad del siglo pasado. Hasta 1890 no hubo ni tan siquiera un mapa detallado de Las Hurdes, año en que lo hizo el geógrafo J. Bide, adjuntando al mismo un informe de las deficiencias estructurales de esta región. Más tarde, en un intento de paliar la situación de abandono y fomentar el progreso de la comarca, Francisco Jarrín, obispo de Plasencia y el deán de su catedral, José Polo Benito fundaron la sociedad La Esperanza de Las Hurdes, y salió a la luz la revista Las Hurdes en 1904. A instancias de estos benefactores junto con César Real y Venancio Gombau en 1908 se celebró en Plasencia el primer Congreso Nacional Jurdanófilo

Es en el verano de ese año cuando surge en el poeta y escritor Rafael Blanco Belmonte la idea de visitar la comarca de Las Hurdes, alentado por la crónica publicada por La Ilustración Española Y Americana sobre el Congreso Jurdanófilo de Plasencia. El texto de César Real y las fotografías de Venancio Gombau le revelaron “[…] una España ignota, en la cual varios millares de familias vivían una existencia más desdichada, más miserable y más falta de amparo que la de los desheredados parias que arrastran en la India una agonía sin muerte, hundidos en la pobreza, abofeteados por el hambre y escarnecidos por injustos desdenes” (p.3).

Tras trabar conocimiento con los líderes de la campaña por la regeneración de Las Hurdes, a mediados de 1910 emprende el viaje acompañado de César Real, Venancio Gombau, Alfredo Mancebo (“hijo del erudito escritor y patriarca albercano D. Julián”) y “como jefe y guía de la caravana (p.3), José Polo Benito.

Sequeros - La salida.
Les espera un larguísimo y agitado viaje que comienza al amanecer y en el que se ven obligados a valerse sucesivamente de medios de transporte cada vez más precarios. Pasan del tren, hasta La Fuente de San Esteban, al coche de caballos (“un fementido cajón con ruedas, un armatoste desvencijado que amenazaba hacerse astillas al ser arrastrado por tres jamelgos esqueléticos” p. 5) que les acerca a Tamames, donde cambian a otro carruaje, (“En aquella caja, con alguna buena voluntad, podían acomodarse seis personas, más dos en el pescante. Al ponernos en marcha íbamos en junto diez y seis” p. 6) en el que llegan a Sequeros. Desde allí parten a lomo de mula, (“varios machos enjaezados y un borriquillo cargado con nuestras maletas” p. 7) adentrándose en la Sierra de Francia (“Nuestro paso era un despeñamiento; descendíamos por el cauce seco de un torrente, resbalábamos por la vertiente escarpada, y las caballerías constituían un adorno: cabalgar por aquella senda hubiera sido una temeridad” p. 7) hasta dar con Mogarraz. Desde allí parten por una vereda y mientras anochece se les aparece a lo lejos la Peña del Huevo, señal inequívoca de que se acercan a La Alberca, que celebra las fiestas de su Patrona (15 de agosto).

Tras la breve estancia La Alberca donde asisten a los festejos patronales de los que dan cuenta pormenorizada, parten con sus mulas al alba hacia la comarca de Las Hurdes, adentrándose por el collado Portillo de La Alberca: “Desde la cima, alejados de la tierra, envueltos por flecos de nubes, abarcábamos con la mirada algo enorme, caótico: un laberinto de sierras que, en lo hondo, mostraban, á guisa de fauces monstruosas, tétricos barrancos, angostos y obscuros valles y dentellados perfiles de crestas agudas cual dientes de bestias antediluvianas... Y tras de aquellos macizos, en los repliegues de aquellas gargantas, colgados como nidos de águilas en los escarpes, acurrucados como alimañas en los pedregales escondíanse Las Jurdes” (p. 23).

Sierras de Las Jurdes desde el Portillo de La Alberca.

Allí inician el peligroso descenso siguiendo un “camino, que en su anchura máxima podría medir hasta dos cuartas”) hasta cruzar el cauce del río Batuecas: “En aquella profundidad, el sol caía á plomo, implacablemente, sobre nuestras espaldas. Heléchos, brezos, lentiscos y madroñeras crecían por doquier con pujanza extraordinaria; las hierbas adquirían proporciones de arbustos, los arbustos eran frondosos árboles. Había allí sol, agua y tierra fértil; y, sin embargo, el hombre dejaba inculto el suelo. Ni una choza, ni un rebaño, ni una huella de vida alegraban aquel desierto…” (p. 24) y encaminándose hacia Las Mestasen columna indiana, pues la estrechez de la vereda no daba para mayor desahogo. […] El tal camino era una cornisa menguada, que serpeaba entre malezas y esquivaba peñascales; las aguas torrenciales, en la estación lluviosa, rompían por todas partes la senda, y los mesteros resanaban los daños, afianzando pizarras y rellenando con piedras y con helechos las barranquillas” […] “empezamos á comprender las causas del olvido en que han estado envueltas Las Jurdes. Si en aquel momento hubieran asomado otros excursionistas en dirección contraria á la nuestra, fuerza hubiese sido retroceder, desandando un par de kilómetros. Eso es lo que se acostumbra á hacer en la comarca, correspondiendo el retroceso al que se halla menos distante de un punto que permita el cruce(p. 25)

Tipo de mendigo jurdano.
Antes de llegar se cruzan con un jurdano: “el primero que yo veía. De corta estatura, muy enjuto, con la tez cobriza y los ojos sin expresión, aquel infeliz parecía un anciano enfermo. Vestía calzón estropeadísimo que le llegaba hasta la rodilla, camisa tosca y mugrienta y un guiñapo anudado á la cabeza; el viento y el sol le habían curtido las desnudas piernas, y en cuanto á calzado, á juzgar por la muestra, era articulo superfino para el caminante. Conferenciamos con aquel anciano que aun no había cumplido cuarenta años; se dirigía á su pueblo, á Ladrillar, y venía de La Alborea, donde adquirió la víspera las tres arrobas de patatas que llevaba á cuestas; antes se «acercó» á Ciudad-Rodrigo para vender un saco de cebollas de verano; total, diez y ocho ó veinte leguas á pie, hollando breñales y malezas y agobiado por la carga, para ganar escasamente una peseta en el viaje” (p. 26).

Reanudan la marcha y no tardan en llegar la alquería de Las Mestas a la que acceden tras pasar unos olivares y rodear una iglesia de muros enjabelgados: “Desde un principio la angustia pesó sobre nuestros ánimos. Con una sola excepción, los edificios que formaban la calle no tenían aspecto de habitaciones humanas; las paredes estaban hechas con piedras y con pizarras superpuestas, sin trabazón, sin argamasa que rellenase las junturas, sin enlucimiento de mezcla ni de yeso; los techos se erguían a la altura del hombro de una persona, y eran una mezcla de pizarras y de ramas secas; las puertas semejaban bocas de cavernas, y las ventanas y chimeneas reducíanse a un pedazo de piedra fuera de su sitio” (p. 27). 

Las Mestas. - La calle Mayor
La entrada de unos extraños por la calle Mayor ahuyentó a los vecinos e hizo que los niños huyeran aterrorizados, hasta que la presencia del deán poco a poco los fue tranquilizando. Don Polo les ofrece visitar “la mejor casa” de Las Mestas: 

Un olor nauseabundo, fétido, insoportable, nos trastornó. Cuando la vista se acostumbró a la lobreguez del tugurio procedimos á explorarlo. Nos hallábamos en una pocilga desprovista por completo de muebles; tocábamos con la cabeza al techo y los pies se hundían en una alfombra de helechos. Allí convivía la familia en unión de una cabra y de un cerdo; allí se vertían todos los desperdicios; allí personas y animales daban desahogo á las necesidades orgánicas, y de allí surgían emanaciones de letrina, vahos de estercolero... 

En comunicación inmediata con aquel albañal había otra habitación en la cual se notaban indicios de cama, sospechas de mesa y asomos de asientos. Pedazos de troncos de árboles, una olla de hierro puesta sobre dos piedras y dos barreños constituían el menaje familiar. […]

Venciendo repugnancias, conteniendo las náuseas, permanecimos en aquel recinto, muy inferior en higiene y habitabilidad á las zahúrdas que suelen destinarse para la cría del ganado de cerda. 

El propietario de la casa nos acompañaba; aquel hombre era la imagen del paludismo. El tono terroso de la cara, la vidriosidad de las pupilas, la palidez de los exangües labios, reflejaban la enfermedad que lo consumía. Llevaba en los brazos á un niño de tres años, que yacía amodorrado, mal envuelto en andrajos, con los ojitos entreabiertos. ¡Otra víctima de la fiebre palúdica! La madre del enfermito, la esposa del amo del hogar, estaba trabajando en el campo...” (p. 27).

Juan Bravo, el cazador de lobos de Las Hurdes.

 Las Mestas. La nueva escuela.
(P. 30 y s.) “AI dirigirnos á la escuela, alegre edificio de moderna construcción -el primero, tal vez el único, levantado en Las Jurdes por iniciativa de la Corporación provincial,- salió de una casucha un hombre demacrado y se ofreció á acompañarnos. Polo no lo consintió. Aquel hombre era el nuestro interino y llevaba más de un mes sufriendo accesos febriles. 

- ¿Y la quinina?- preguntó Polo. 

- Ya han ofrecido mandarnos píldoras- contestó el maestro, tiritando y volviendo á su cuchitril. 

Detrás de nosotros penetraron en la escuela catorce ó diez y seis jurdanillos. Bancos, pupitres, carteles, cuadros escolares y todos los materiales de enseñanza nos produjeron la impresión de que habíamos pasado de Las Jurdes a un centro docente de un pueblo culto y rico. 

Unas monedas sirvieron de premios, y fueron suficientes para decidir a los niños a someterse á examen. 

Nuestros examinandos sabían leer, contar, rezar y los mayorcitos empezaban ya a escribir. 
Niños jurdanos.
El material de enseñanza era regalo del Sr. Obispo de Plasencia.

- ¡Viva «Don Jarrín»!- gritó un pequeñuelo. 

- ¡Viva! contestamos unánimemente saludando al que había hecho desaparecer de Las Mestas la vergüenza del analfabetismo. 

Excitados por las voces, los escolares -todos mal vestidos y todos descalzos- comenzaron a brincar y a palmotear.

De pronto el silencio se impuso.

Un aullido prolongado, gutural, penetrante, nos hizo saltar de los asientos y acudir a la puerta de la escuela. Las caballerías, con las orejas tiesas, pugnaban por romper los ramales y se revolvían amedrentadas barruntando el peligro. Al repetirse el aullido, la duda se trocó en certidumbre.

- ¡Hay lobos a la vista! - exclamamos.

Los niños sonreían alegremente y Polo Benito contestó:

- Hay casi lobos. Juan viene a visitarnos; van ustedes a conocer un ejemplar singularísimo de la familia hurdana.

Un viejecito avanzó hasta nosotros, se inclinó, y a modo de saludo volvió a aullar por tercera vez.

- Juan Bravo - dijo Polo Benito - es el cazador de lobos más celebre en toda la comarca.

- Vamos, si, una escopeta negra - indiqué.

- ¿Escopeta? No, señorito - replicó Juan con cierto desdén. - Yo cazo los lobos a mano, sin herramienta de fuego.

Di por hecho que era una broma y quise seguirla.

- Bueno, ¿entonces usted caza lobos como los niños cogen grillos? - pregunte.

Y Bravo -¡bien le iba el apellido!- asintió murmurando:

- Asina mesmo, como el señorito dice. Miren las manos y los brazos.

Huellas blancas y profundas en el rojo sucio de la piel, cicatrices y costurones daban fe mordiscos y eran testimonios de luchas cuerpo a cuerpo.

Examinamos de pies a cabeza a aquel vejete pobrísimamente vestido. Contemplamos su rostro algo más expresivo que el del tipo jurdano corriente y convinimos en que a Juan le faltaba mucho para ser un atleta capaz de reñir a brazo partido con los lobos.

Trabajosamente, con palabra torpe, y gran cortedad, habló Juan Bravo.

Su relato tenía subyugadora fuerza de realidad; aquel hombre era sincero al narrar su oficio, que evocaba hazañas mitológicas de personajes homéricos.

Juan no cazaba lobos a mano, sin auxilio de armas de fuego; hacia algo más temerario: ¡cazaba lobeznos arrancándolos del materno cubil!

Arrebatarle los hijos a una loba parece un absurdo. Pues la vida de Juan era la práctica de ese absurdo.

Su padre fue cazador de lobos y el hijo siguió el oficio del padre. El aprendizaje no resultó suave. Había que alejarse de poblado y pasar varios días y noches en lo más quebrado de la sierra, aguantando nieves, lluvias y viento, con escasa ropa y con unos mendrugos por comida.

La primera parte de la enseñanza consistió en la iniciación de las costumbres y del jabla o lenguaje de los lobos, hasta llegar a la imitación perfecta de ese idioma.

Juan Bravo, como muestra de sus conocimientos de filología lobera, nos ofreció varios ejemplos.

Inflando los carrillos y apretando los labios dejó escapar un ladrido estridente, seco: la voz de ¡alerta! del lobo. Luego moduló un ronquido quejumbroso: el grito de la huida. Después surgieron gañidos largos, muy largos, que aun sonando a lamentos, tenían cierta dulzura: llamadas de loba en celo. Y a la llamada, el reclamo, siguió un dúo de amor capaz de poner miedo en los pechos más valientes. Por último, unos gruñidos débiles, iracundos, nos dieron la sensación de las voces de los lobatos.

En los últimos días del año, cuando en los hogares se congregan las familias para celebrar las fiestas de nochebuena, Juan se iba con su padre a los montes a acechar el celo de los lobos, a averiguar el sitio donde preparaban la guarida para la futura camada. Las indagaciones solían durar una quincena. Los dos meses de la gestación se empleaban en confirmar los datos adquiridos y en señalar el camino para entrar a saco en los cubiles.

Marzo y abril eran los meses de campaña seria. El peligro no escaseaba; el lobo tiene mejor olfato, oído mas listo y vista más fina que el perro; al cazar lobos se corre el riesgo de resultar cazado. Para evitarlo servían las habilidades fonéticas de Juan y de su padre. Cuando espontáneamente, o solicitados por el reclamo de los cazadores, abandonaban los lobos su refugio, la tarea era coser y cantar - palabras textuales de Bravo; - se llegaba con algún trabajillo al canchal o despeñadero donde estaba la camada, se atrapaban los lobeznos y se encerraban en un saco, bien apretaditos para procurar en lo posible que quedasen como amordazados, y acto seguido se emprendía la retirada con mil precauciones para prevenir una sorpresa o un ataque. Entonces el maestro y el aprendiz, descalzos hasta aquel momento, se calzaban alpargatas nuevas - lujo rara vez permitido - o pieles de conejo. De tal modo despistaban al enemigo, burlando la finura de su olfato. En ocasiones, los cachorros al ser cogidos se defendían a mordiscos y hasta conseguían desgarrar el saco en que los aprisionaban. Y en ocasiones, la loba, al volver al cubil y al hallarlo vacío o al escuchar los aullidos de los lobatos, saltaba enloquecida de furor en persecución de los cazadores. Correr era inútil; el lobo es un prodigio de resistencia para la marcha y sostiene sin descanso la carrera durante trayectos de cuatro o seis leguas, pudiendo prolongarla toda una noche. Cuando la huida era imposible, el padre de Juan acudía al eslabón y al pedernal, y arrancando chispas y encendiendo fogatas solía contener el ataque. Y en los trances extremos, cuando la fiera avanzaba a rescatar a su cría, el cazador, amparando la espalda en una peña, se enrollaba el capotillo al brazo izquierdo, armaba la diestra con un cuchillo, y sin voces ni desplantes, aguardaba la acometida presentando el capotillo y apuñalando a la loba, abrazándose a ella y rodando con ella en combate salvaje  de acero y de colmillos. El hijo asistía a aquellas escenas auxiliando como buenamente podía a su padre. Y así aprendió Juan a cazar y así cazó por cuenta propia. 

Una vez adueñados de los lobeznos, llegaba la hora de cosechar el fruto de la cacería. Fuerza era andar sin tomar aliento. Las crías, separadas de la madre, mueren al séptimo o al octavo día, y ese corto plazo había que aprovecharlo para recorrer los principales Concejos y solicitar una limosna como premio por la destrucción de las fieras.

Hasta cuarenta reales se recogen en esa demanda, cuando la cosecha del año se presenta bien. Seguidamente se reemprende la caza, porque los lobatos permanecen en los cubiles durante los dos primeros meses de su vida.

Juan comenzó el aprendizaje a los nueve años y lleva cogidos doscientos diez y ocho lobos y algunos más, porque hace tiempo perdió la cuenta antigua y abrió cuenta nueva.

De su infancia, el recuerdo que aun conserva fue el de una de las primeras lecciones. Contaba entonces diez años. Una noche su padre lo llevó a la entrada de un cubil, y era tan angosta la entrada que a duras penas, despojándose de la camisa y del pantalón, pudo el muchachuelo deslizar la mitad del cuerpo entre las piedras. Sigilosamente, escurriéndose, avanzando más y más el torso chocando contra los salientes de aquel estrecho pasadizo roquero, sacó uno, dos, tres, cuatro, cinco lobeznos - la cría de una loba llega a nueve - y de repente se encogió tembloroso: había tropezado con unas patas gruesas; la madre se hallaba con los cachorros y de seguro dormía cuando ya no había saltado sobre los cazadores. Pegando los labios al cuerpo de Juanito, el padre lo mandó salir...¡imposible! El chico estaba preso, empotrado, sin medio para desencajarse del canchal. El padre tiró desesperadamente de las piernas del niño y el cuerpecillo se distendió, pero sin desasirse de las piedras que lo encajaban. Entonces el padre susurro: No tengas miedo voy a casa - la casa distaba tres leguas - por una piqueta y te sacaré en seguida. La loba continuará durmiendo, y si viene el lobo lo conocerás porque se acercará a olfatearte y ya sabes que tiene muy frío el hocico.

Alejóse el padre; minutos después crujieron algunos guijarros, anunciando que alguien llegaba, y Juanito sintió en la parte superior de las desnudas piernas un contacto muy frío: ¡indudablemente estaba allí el lobo¡....Sin un grito, en una contracción desesperada, convulso, el muchacho se retorció y logró salir, despedazándose, de la madriguera. En los canchales dejóse jirones de carne, y en la espalda a despecho de los años transcurridos, aun muestra Juan un surco acentuado, una cicatriz que le arranca de los hombros y se prolonga hasta la cintura. Y, al escapar de su cárcel, el chicuelo se topó con su padre y maestro, que ya tenía en el saco los lobeznos, y que, para salvarlo, empapó el pañal de la camisa en un regato y lo aplicó al cuerpo del niño haciéndole creer que había llegado el lobo y provocando aquel brutal tirón: protesta de una vida contra la amenaza de la muerte.

Y yo, entornando los ojos, evocaba las escenas de aquel vivir horrible…  Veía, como una pesadilla, al padre adiestrando al hijo para la lucha bárbara; los veía solos, envueltos en la sombra, buscando a las fieras, sin el consuelo de la queja que es desahogo de la angustia, sin el incentivo del aplauso que atraía a los gladiadores y que es fuerte estímulo de los toreros... Y así una y otra noche, y un año tras otro año, para alcanzar míseras limosnas. Aquel valor, en la antigua Lacedonia, hubiese hecho de Juan Bravo y de su padre dos héroes de las Termopilas; aquella resignación sin hiel excedía con mucho á la de los deportados en Siberia; aquel sufrimiento sin ayes era sencillamente sublime... 

Quisimos visitar la casa de Juan. Distaba pocos pasos, se hallaba á la salida do la calle Mayor. Aprovechando un ángulo formado por dos peñascos, Bravo había hacinado pizarras y construido una guarida. Penetramos por un boquete que quería parecer puerta. En un rincón veíase el tesoro del dueño de la vivienda: un montoncito de patatas; en otro rincón borboteaba un puchero desportillado y sin asas; el suelo, naturalmente, tenía por alfombra helechos en putrefacción, y en el tercer rincón del tugurio había algo que servía de lecho y que era el orgullo del amo: una colchoneta rellena de paja y una manta agujereada. 

Salí en busca de aire respirable. Algo muy amargo me subió del corazón á la boca. 

Juan Bravo, al despedirse de nosotros, alargó la mano, implorando humildemente algún socorro... 

Aquel ademán es— según Polo Benito — un movimiento instintivo que, por ley de herencia, se perpetúa transmitiéndose de generación en generación. 

En ese movimiento yo encontré un símbolo del infortunio jurdano, que lleva años y siglos tendiendo el brazo en espera de remedio para su necesidad.

Por la España desconocida: notas de una excursión a La Alberca, Las Jurdes, Batuecas y Peña de Francia / M.R. Blanco-Belmonte; con ilustraciones fotográficas de Venancio Gombau. - [Madrid : Sucesores de Rivadeneyra], 1911 [Madrid]

Obra de dominio público se puede descargar aquí: archive.org

O aquí: bibliotecadigital.jcyl
 

viernes, 2 de noviembre de 2012

El lobo y el caminante: un intento de exégesis. Ramón Grande del Brío. (1983)



Ilustracción del artículo: Revista de Folklore, nº 25, 1983
"El lobo le saldrá al encuentro y con el rabo le golpeará por detrás de las piernas. Pero si ve que usted se mantiene recio, pues entonces, no le atacará. Lo peor sería que usted doblase las piernas".

Así me refería un comunicante de la comarca de AIiste (Zamora) las circunstancias de su propia experiencia con los lobos. Y más o menos, con ligeras variantes, de tal guisa se han expresado sobre el particular otras personas. En algunos casos se dice que los lobos acostumbran levantar polvo con las patas, para de este modo cegar al caminante de turno.

Los testimonios que hablan de encuentros con lobos en el campo son ciertamente variados y numerosos. La mayoría de ellos proceden de personas que pretenden apuntar la condición maligna del lobo y su peligrosidad para los viajeros solitarios, pero al mismo tiempo introducen una duda en la apreciación correspondiente. A tal respecto, cabría hacer un comentario en tono de humorada: puesto que únicamente los lobos hambrientos pueden llegar a representar algún peligro potencial para el hombre, según opinión generalizada, ninguno de los que mencionaban mis comunicantes debía estarlo, ya que no habían hecho intención de atacar...


Wolves hunting an explorer. H. Morgal (1900)
Sin embargo, no me propongo, al presentar dicho episodio, remitir al lector a la mera anécdota. Hay por el contrario un tono mayor en que cabe inscribir semejante tipo de experiencias. Las mías propias, me permiten aportar una visión particular en tal sentido. y lo que yo puedo decir es que los lobos, en las raras ocasiones en que me han "acompañado", no me han sometido a tales " pruebas" .

Creo conveniente atender la significación de tales creencias haciendo uso de un conjunto de claves que nos proporciona la Antropología Biológica y la Etología o ciencia del comportamiento animal; in mente del lector estará la idea de que a veces procede el realizar una prudente traslación de cuestiones específicas a terrenos que en principio pudieran parecer poco idóneos. Precisamente quiero señalar tal extremo, poniendo de relieve la importancia que para el etnólogo o el etnógrafo, para el antropólogo en general, tiene la exégesis de un aspecto determinado a la luz -con la ayuda del análisis de otros significantes. Así, lo primero que debemos hacer es aislar los diversos elementos del relato; más que aislarlos: concretarlos, definirlos, y luego buscar su significación dentro del contexto del relato. El paso siguiente sería tratar de hallar el nexo que presumiblemente los emparenta formalmente con otros, situándolos en una dimensión mayor: esencial. No magnificándolos cuantitativamente. No. Sino reduciéndolos a términos de inteligibilidad. Pues lo contrario nos conduciría peligrosamente al terreno puramente descriptivo, donde lo anecdótico, de puro conspicuo, desvía la atención hacía lo oculto, esto es, hacia el significado profundo.

Hecha la anterior disquisición, veamos cuáles son las unidades principales en que pudieran subdividirse los relatos de esa índole.


Storm Light. Camera Work n°6, abril 1904. Will A. Cadby. Fotografía, similigrabado . Como apunta Grande del Río la noche y la niebla pueden hacer del bosque solitario el paradigma del locus horridus.
LOS COMPONENTES
Un elemento principal: el bosque (originariamente, si bien se omite en muchos casos sin otra explicación) y dos factores fundamentales: nocturnidad y soledad, aparecen como constantes. Por otra parte, el tipo de relación eventual (indeseable para el hombre) que se suscita cinéticamente entre el hombre y el lobo es invariablemente unidireccional, no recíproca: éste sale al encuentro de aquél, nunca el hombre se topa casualmente con el lobo (*). Aquí ambos recurren al uso de sus específicas facultades para mantenerse mutuamente a distancia. De una parte, el instinto del lobo y su experiencia en sus seculares contactos con el hombre generan un tipo de comportamiento definido por la ambigüedad: el animal aborda al hombre, lo sigue, pero finalmente desaparece en cualquier revuelta del camino. De improviso. La misma nocturnidad que le ampara le proporciona un mayor grado de temeridad y aun de seguridad frente al hombre. La noche es, en efecto, a decir de las gentes, el ambiente más propio del lobo. En ella se metamorfosean ciertos seres y adquieren una más sutil dimensión los diversos elementos. La noche viene a representar la idea de un microcosmos en el que muchos de los fenómenos que se producen estuvieran fuera del control del hombre. Y el lobo, no hay que olvidarlo, se erige entonces en dominador del bosque, en un ambiente natural. Y, en algún modo, intenta también imponerse al hombre o mujer que se aventure en tales circunstancias por caminos solitarios. He aquí insinuada una imagen casi alegórica que se repite en otros relatos. El camino puede actuar, hasta cierto punto, de catalizador. El camino sirve de guía, no sólo en el plano físico. Al romper la continuidad física del bosque, penetra en la entidad misteriosa de éste, pero ya como elemento que comunica dos mundos, por lo general humanizados: el espacio del Hombre y donde el hombre se siente más confiado (con respecto de la Naturaleza).

El papel que el bosque desempeña en el desarrollo de tales episodios nos permite insertarlo en un plano supranatural. Se presenta dotado de entidad propia. El bosque roza la categoría de lo numinoso y no es por ello extraño que desde los primeros tiempos fuese objeto de culto. En su seno tenían lugar toda suerte de aquelarres y de ceremonias iniciáticas sujetas a anatematización por parte de la Ortodoxia político-religiosa.


Hiver. Félix Henri Bracquemond (1833-1914), grabado (s.f.). Noche, bosque y lobo personifican la hostilidad amenazante en el paisaje para el hombre.
Frecuentemente vinculada al bosque, la figura del lobo aporta un significante que nos atreveríamos a calificar de supranatural, en cuanto que se erige en materialización de un concepto de ominosidad, subyacente en el tipo de relatos mencionados. Recuérdese que el signum descriptivo, aun considerándolo bajo la óptica de la más conspicua narrativa, se halla dotado de elementalidad; en otras palabras, el aspecto formal del mismo constituye una transposición de imágenes prístinas imbuidas en la memoria colectiva. Ello da significación y sentido a lo aparentemente simple y le confiere, como en el caso que nos ocupa, una categoría de esencialidad (*). El ámbito del bosque, en cuanto espacio configurado por el árbol y habitado por un conjunto de seres misteriosos, entre los que se cuenta el lobo, es ya, por si mismo, "hostil" al hombre. Las roturaciones medievales emprendidas en buena medida por los monjes cristianos, y ya destacadas por diversos historiadores, entre ellos el francés Jacques Le Goff, se hallaban motivadas, aparte por el intento de abrir al cultivo nuevas tierras, por la idea de materializar la destrucción de los santuarios paganos, pues se creía que los representantes del Mal buscaban refugio en los mismos. Se imponía, pues, según la concepción cristiana de la época, la deforestación, que aclarase el espacio natural rompiendo la relativa oscuridad que suele reinar en el interior de las masas forestales.

Obsérvese la contraposición entre dos conceptos que se han hecho extensivos y consolidados en el lenguaje común. A este punto convendrá retomar aquel aspecto de ciertos relatos (algunos de los cuales he recogido personalmente en distintos lugares de la Península Ibérica) en que se aconseja encender una luz para ahuyentar al lobo. Esto, que a simple vista pudiera parecer un procedimiento natural para ahuyentar animales feroces, encierra un sentido simbólico, explícito afortunadamente en la breve apostilla de uno de mis comunicantes, quien. tras referirse a las circunstancias de su propia aventura, añadió: "No sólo el fuego, sino también una luz cualquiera, tiene el poder de ahuyentar al lobo, porque éste es un representante del demonio, el Príncipe de las Tinieblas". Creo que huelga el extenderse en más comentarios.


Le Loup-Garou. Ilustración aparecida en el Magasin pittoresque en 1857 a partir de un grabado de Maurice Sand. Aunque evoca el mito del hombre lobo, aparecen en él alguno de los elementos aludidos por Grande del Río: noche, caminante solitario, y ataque de un (hombre) lobo, en un ambiente ominoso.

RELATO y CREENCIA
Hasta ahora me he limitado a consignar los términos relato y creencia, sin hacer la oportuna diferenciación. En el primero se halla subsumida la segunda, y es necesario diferenciar lo que constituye un testimonio escueto plasmado en la correspondiente explicación, y lo que ha de considerarse como creencia. Esta se concretaría, en el contexto aquí tratado, mediante la interpretación popular, que permite hablar en términos de intencionalidad del lobo acompañante.

Si el lector me permite usar una licencia de asimilación conceptual, yo inscribiría aquélla en el significado de prueba, entendida bajo dos vertientes: psicológica (el hombre que sucumbiera psicológicamente, no ya por virtud de la fuerza con que el lobo pudiera golpearle con el rabo, doblaría las piernas, es decir, mostraría un signo de debilidad) y supranatural (la preminencia del hombre, en cuanto especie, seria puntualmente rebajada a un nivel de equiparamiento e incluso de inferioridad ante el lobo, en un ambiente boscoso, nocturnal y sin aparato tecnológico ni arropamiento social alguno).

La creencia vendría expresada, pues, de una parte, en la idea de que se produce alguna clase de "forcejeo" psicológico entre el hombre y el lobo, que se patentiza a través del análisis de los ingredientes literarios del relato en cuestión; de otra, en la identificación o asociación del lobo con las tinieblas y el elemento nemoroso, y cuya neutralización es posible gracias a la iluminación de un microespacio, mediante el fuego u otra clase de luz. El primero, aparte su poder crematorio, posee un carácter protector o apotropaico.


Ilustracción del artículo: Revista de Folklore, nº 25, 1983
Con independencia de las interpretaciones cercanas a la esfera del folklore, un etólogo aludiría a la existencia de un cierto grado de curiosidad por parte del lobo, lo cual explicaría el pertinaz seguimiento a que sometería al caminante solitario. Al respecto, no cabe duda que el conocimiento de determinadas pautas de conducta de dicha especie permite ofrecer interpretaciones ad hoc, fuera del plano estrictamente folklórico o literario. Pero eso no interfiere en modo alguno en la categoría antropológica de los diferentes elementos constitutivos de los episodios enunciados. Y siendo esto último lo que aquí nos interesa particularmente, será pertinente el consignar un comentario final sobre el tema: la profanidad de ciertas narraciones cuenta a menudo con un componente anecdótico, que un mundo tan descreído y superficial como el moderno pudiera tomar por mero conjunto de fórmulas estético-truculentas. Estas gozan de gran predicamento entre las sociedades desencantadas, que en el fondo siguen anhelando un regreso a los orígenes, si no definitivo, si temporal, pero que, debido a la imposición de castrantes mitos, cual el del desarrollismo, no se sienten capaces de llevar a efecto. La pérdida de identidad cultural se revela entonces como uno de los males de la mayoría de las macrocomunidades de nuestro tiempo. De ahí que éstas obren pensando que las cosas carecen de sentido y que, ante relatos de la índole de los que he consignado, asome a los labios de los prepotentes de turno un rictus de conmiseración y menosprecio. Para mi mismo, y supongo que igualmente para otros muchos que tengamos superado ya el mito del desarrollismo, quienes acusan tal reacción, manifiestan un retraso cultural, en el verdadero y amplio sentido del término. A la superación de esa fase, no les ayudará ciertamente toda la tecnología del mundo.
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(*) Me refiero, claro está, a aquellos casos en que un caminante es seguido por un lobo sin que aquél se percate inmediatamente del hecho. Tal particularidad viene a constituir a manera de premisa del episodio en cuestión.

El lobo y el caminante: un intento de exégesis. Ramón Grande del Brío. (1983) http://bit.ly/RwGoQI Revista de Folklore nº 25 1983.