viernes, 2 de noviembre de 2012

El lobo y el caminante: un intento de exégesis. Ramón Grande del Brío. (1983)



Ilustracción del artículo: Revista de Folklore, nº 25, 1983
"El lobo le saldrá al encuentro y con el rabo le golpeará por detrás de las piernas. Pero si ve que usted se mantiene recio, pues entonces, no le atacará. Lo peor sería que usted doblase las piernas".

Así me refería un comunicante de la comarca de AIiste (Zamora) las circunstancias de su propia experiencia con los lobos. Y más o menos, con ligeras variantes, de tal guisa se han expresado sobre el particular otras personas. En algunos casos se dice que los lobos acostumbran levantar polvo con las patas, para de este modo cegar al caminante de turno.

Los testimonios que hablan de encuentros con lobos en el campo son ciertamente variados y numerosos. La mayoría de ellos proceden de personas que pretenden apuntar la condición maligna del lobo y su peligrosidad para los viajeros solitarios, pero al mismo tiempo introducen una duda en la apreciación correspondiente. A tal respecto, cabría hacer un comentario en tono de humorada: puesto que únicamente los lobos hambrientos pueden llegar a representar algún peligro potencial para el hombre, según opinión generalizada, ninguno de los que mencionaban mis comunicantes debía estarlo, ya que no habían hecho intención de atacar...


Wolves hunting an explorer. H. Morgal (1900)
Sin embargo, no me propongo, al presentar dicho episodio, remitir al lector a la mera anécdota. Hay por el contrario un tono mayor en que cabe inscribir semejante tipo de experiencias. Las mías propias, me permiten aportar una visión particular en tal sentido. y lo que yo puedo decir es que los lobos, en las raras ocasiones en que me han "acompañado", no me han sometido a tales " pruebas" .

Creo conveniente atender la significación de tales creencias haciendo uso de un conjunto de claves que nos proporciona la Antropología Biológica y la Etología o ciencia del comportamiento animal; in mente del lector estará la idea de que a veces procede el realizar una prudente traslación de cuestiones específicas a terrenos que en principio pudieran parecer poco idóneos. Precisamente quiero señalar tal extremo, poniendo de relieve la importancia que para el etnólogo o el etnógrafo, para el antropólogo en general, tiene la exégesis de un aspecto determinado a la luz -con la ayuda del análisis de otros significantes. Así, lo primero que debemos hacer es aislar los diversos elementos del relato; más que aislarlos: concretarlos, definirlos, y luego buscar su significación dentro del contexto del relato. El paso siguiente sería tratar de hallar el nexo que presumiblemente los emparenta formalmente con otros, situándolos en una dimensión mayor: esencial. No magnificándolos cuantitativamente. No. Sino reduciéndolos a términos de inteligibilidad. Pues lo contrario nos conduciría peligrosamente al terreno puramente descriptivo, donde lo anecdótico, de puro conspicuo, desvía la atención hacía lo oculto, esto es, hacia el significado profundo.

Hecha la anterior disquisición, veamos cuáles son las unidades principales en que pudieran subdividirse los relatos de esa índole.


Storm Light. Camera Work n°6, abril 1904. Will A. Cadby. Fotografía, similigrabado . Como apunta Grande del Río la noche y la niebla pueden hacer del bosque solitario el paradigma del locus horridus.
LOS COMPONENTES
Un elemento principal: el bosque (originariamente, si bien se omite en muchos casos sin otra explicación) y dos factores fundamentales: nocturnidad y soledad, aparecen como constantes. Por otra parte, el tipo de relación eventual (indeseable para el hombre) que se suscita cinéticamente entre el hombre y el lobo es invariablemente unidireccional, no recíproca: éste sale al encuentro de aquél, nunca el hombre se topa casualmente con el lobo (*). Aquí ambos recurren al uso de sus específicas facultades para mantenerse mutuamente a distancia. De una parte, el instinto del lobo y su experiencia en sus seculares contactos con el hombre generan un tipo de comportamiento definido por la ambigüedad: el animal aborda al hombre, lo sigue, pero finalmente desaparece en cualquier revuelta del camino. De improviso. La misma nocturnidad que le ampara le proporciona un mayor grado de temeridad y aun de seguridad frente al hombre. La noche es, en efecto, a decir de las gentes, el ambiente más propio del lobo. En ella se metamorfosean ciertos seres y adquieren una más sutil dimensión los diversos elementos. La noche viene a representar la idea de un microcosmos en el que muchos de los fenómenos que se producen estuvieran fuera del control del hombre. Y el lobo, no hay que olvidarlo, se erige entonces en dominador del bosque, en un ambiente natural. Y, en algún modo, intenta también imponerse al hombre o mujer que se aventure en tales circunstancias por caminos solitarios. He aquí insinuada una imagen casi alegórica que se repite en otros relatos. El camino puede actuar, hasta cierto punto, de catalizador. El camino sirve de guía, no sólo en el plano físico. Al romper la continuidad física del bosque, penetra en la entidad misteriosa de éste, pero ya como elemento que comunica dos mundos, por lo general humanizados: el espacio del Hombre y donde el hombre se siente más confiado (con respecto de la Naturaleza).

El papel que el bosque desempeña en el desarrollo de tales episodios nos permite insertarlo en un plano supranatural. Se presenta dotado de entidad propia. El bosque roza la categoría de lo numinoso y no es por ello extraño que desde los primeros tiempos fuese objeto de culto. En su seno tenían lugar toda suerte de aquelarres y de ceremonias iniciáticas sujetas a anatematización por parte de la Ortodoxia político-religiosa.


Hiver. Félix Henri Bracquemond (1833-1914), grabado (s.f.). Noche, bosque y lobo personifican la hostilidad amenazante en el paisaje para el hombre.
Frecuentemente vinculada al bosque, la figura del lobo aporta un significante que nos atreveríamos a calificar de supranatural, en cuanto que se erige en materialización de un concepto de ominosidad, subyacente en el tipo de relatos mencionados. Recuérdese que el signum descriptivo, aun considerándolo bajo la óptica de la más conspicua narrativa, se halla dotado de elementalidad; en otras palabras, el aspecto formal del mismo constituye una transposición de imágenes prístinas imbuidas en la memoria colectiva. Ello da significación y sentido a lo aparentemente simple y le confiere, como en el caso que nos ocupa, una categoría de esencialidad (*). El ámbito del bosque, en cuanto espacio configurado por el árbol y habitado por un conjunto de seres misteriosos, entre los que se cuenta el lobo, es ya, por si mismo, "hostil" al hombre. Las roturaciones medievales emprendidas en buena medida por los monjes cristianos, y ya destacadas por diversos historiadores, entre ellos el francés Jacques Le Goff, se hallaban motivadas, aparte por el intento de abrir al cultivo nuevas tierras, por la idea de materializar la destrucción de los santuarios paganos, pues se creía que los representantes del Mal buscaban refugio en los mismos. Se imponía, pues, según la concepción cristiana de la época, la deforestación, que aclarase el espacio natural rompiendo la relativa oscuridad que suele reinar en el interior de las masas forestales.

Obsérvese la contraposición entre dos conceptos que se han hecho extensivos y consolidados en el lenguaje común. A este punto convendrá retomar aquel aspecto de ciertos relatos (algunos de los cuales he recogido personalmente en distintos lugares de la Península Ibérica) en que se aconseja encender una luz para ahuyentar al lobo. Esto, que a simple vista pudiera parecer un procedimiento natural para ahuyentar animales feroces, encierra un sentido simbólico, explícito afortunadamente en la breve apostilla de uno de mis comunicantes, quien. tras referirse a las circunstancias de su propia aventura, añadió: "No sólo el fuego, sino también una luz cualquiera, tiene el poder de ahuyentar al lobo, porque éste es un representante del demonio, el Príncipe de las Tinieblas". Creo que huelga el extenderse en más comentarios.


Le Loup-Garou. Ilustración aparecida en el Magasin pittoresque en 1857 a partir de un grabado de Maurice Sand. Aunque evoca el mito del hombre lobo, aparecen en él alguno de los elementos aludidos por Grande del Río: noche, caminante solitario, y ataque de un (hombre) lobo, en un ambiente ominoso.

RELATO y CREENCIA
Hasta ahora me he limitado a consignar los términos relato y creencia, sin hacer la oportuna diferenciación. En el primero se halla subsumida la segunda, y es necesario diferenciar lo que constituye un testimonio escueto plasmado en la correspondiente explicación, y lo que ha de considerarse como creencia. Esta se concretaría, en el contexto aquí tratado, mediante la interpretación popular, que permite hablar en términos de intencionalidad del lobo acompañante.

Si el lector me permite usar una licencia de asimilación conceptual, yo inscribiría aquélla en el significado de prueba, entendida bajo dos vertientes: psicológica (el hombre que sucumbiera psicológicamente, no ya por virtud de la fuerza con que el lobo pudiera golpearle con el rabo, doblaría las piernas, es decir, mostraría un signo de debilidad) y supranatural (la preminencia del hombre, en cuanto especie, seria puntualmente rebajada a un nivel de equiparamiento e incluso de inferioridad ante el lobo, en un ambiente boscoso, nocturnal y sin aparato tecnológico ni arropamiento social alguno).

La creencia vendría expresada, pues, de una parte, en la idea de que se produce alguna clase de "forcejeo" psicológico entre el hombre y el lobo, que se patentiza a través del análisis de los ingredientes literarios del relato en cuestión; de otra, en la identificación o asociación del lobo con las tinieblas y el elemento nemoroso, y cuya neutralización es posible gracias a la iluminación de un microespacio, mediante el fuego u otra clase de luz. El primero, aparte su poder crematorio, posee un carácter protector o apotropaico.


Ilustracción del artículo: Revista de Folklore, nº 25, 1983
Con independencia de las interpretaciones cercanas a la esfera del folklore, un etólogo aludiría a la existencia de un cierto grado de curiosidad por parte del lobo, lo cual explicaría el pertinaz seguimiento a que sometería al caminante solitario. Al respecto, no cabe duda que el conocimiento de determinadas pautas de conducta de dicha especie permite ofrecer interpretaciones ad hoc, fuera del plano estrictamente folklórico o literario. Pero eso no interfiere en modo alguno en la categoría antropológica de los diferentes elementos constitutivos de los episodios enunciados. Y siendo esto último lo que aquí nos interesa particularmente, será pertinente el consignar un comentario final sobre el tema: la profanidad de ciertas narraciones cuenta a menudo con un componente anecdótico, que un mundo tan descreído y superficial como el moderno pudiera tomar por mero conjunto de fórmulas estético-truculentas. Estas gozan de gran predicamento entre las sociedades desencantadas, que en el fondo siguen anhelando un regreso a los orígenes, si no definitivo, si temporal, pero que, debido a la imposición de castrantes mitos, cual el del desarrollismo, no se sienten capaces de llevar a efecto. La pérdida de identidad cultural se revela entonces como uno de los males de la mayoría de las macrocomunidades de nuestro tiempo. De ahí que éstas obren pensando que las cosas carecen de sentido y que, ante relatos de la índole de los que he consignado, asome a los labios de los prepotentes de turno un rictus de conmiseración y menosprecio. Para mi mismo, y supongo que igualmente para otros muchos que tengamos superado ya el mito del desarrollismo, quienes acusan tal reacción, manifiestan un retraso cultural, en el verdadero y amplio sentido del término. A la superación de esa fase, no les ayudará ciertamente toda la tecnología del mundo.
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(*) Me refiero, claro está, a aquellos casos en que un caminante es seguido por un lobo sin que aquél se percate inmediatamente del hecho. Tal particularidad viene a constituir a manera de premisa del episodio en cuestión.

El lobo y el caminante: un intento de exégesis. Ramón Grande del Brío. (1983) http://bit.ly/RwGoQI Revista de Folklore nº 25 1983.

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